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Trauma complejo, evasión emocional, apego y las formas que aprendemos para protegernos
Psic. Mayra E. Mondragón González
C.D. Laura Patricia Barriga Pedraza
Hay personas que aprendieron a callar antes que a expresar lo que sentían. Otras aprendieron a desconfiar antes que a pedir ayuda. Algunas descubrieron que aislarse, evitar, complacer, controlar o desconectarse emocionalmente era la manera más segura de atravesar situaciones difíciles.
Con el paso del tiempo, aquello que alguna vez ayudó a protegerse puede convertirse en una forma habitual de responder ante la vida.
Por eso, cuando hablamos de trauma, quizá no sea suficiente preguntar: ¿Qué te pasó?
También necesitamos preguntarnos: ¿Qué aprendiste a hacer para sobrevivir a lo que te pasó?
Esta pregunta permite conectar el trauma complejo, la evasión emocional, los patrones de apego y una perspectiva especialmente interesante: las Pedagogías del Trauma, propuesta por el psicólogo Boris González Ceja, que invita a reflexionar sobre la dimensión cognitiva y educativa de las experiencias adversas.
Porque no solamente aprendemos en la escuela. También aprendemos en nuestra familia, en nuestras relaciones, en la calle y dentro de la comunidad en la que crecemos. Y algunos de esos aprendizajes pueden estar relacionados con la manera en que intentamos sobrevivir y protegernos.
Cuando el trauma no es un solo acontecimiento
Cuando pensamos en trauma solemos imaginar un acontecimiento extraordinario: un accidente, una pérdida, una agresión o una situación que pone en peligro a una persona. Sin embargo, existen experiencias adversas que no ocurren una sola vez.
El trauma complejo se relaciona con experiencias repetidas o prolongadas que pueden producirse especialmente dentro de relaciones significativas y durante etapas tempranas del desarrollo. Estas experiencias pueden influir en la regulación emocional, la percepción de seguridad, la identidad y la forma de relacionarse con otras personas (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025a).
Un niño que crece en un ambiente impredecible, violento, negligente o emocionalmente inseguro necesita encontrar maneras de adaptarse a ese entorno. Su organismo aprende a sobrevivir.
Puede aprender a estar constantemente alerta, a observar el estado emocional de los adultos, a guardar silencio, a desconectarse de lo que siente o a reaccionar rápidamente ante aquello que interpreta como una amenaza.
Así pueden aparecer respuestas de supervivencia como la lucha, la huida o la congelación (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025a).
El problema aparece cuando el peligro termina, pero el cuerpo y la mente continúan respondiendo como si todavía estuviera presente.
Lo que alguna vez me protegió puede estar haciéndome daño hoy
Esta idea cambia nuestra manera de observar determinadas conductas. Una persona extremadamente desconfiada quizá aprendió que confiar era peligroso. Una persona que necesita controlar todo pudo haber crecido en un ambiente donde nunca sabía qué iba a ocurrir. Alguien que evita expresar emociones posiblemente aprendió que mostrar vulnerabilidad podía traer consecuencias. Esto no significa que toda conducta problemática tenga su origen en un trauma ni que el trauma justifique cualquier comportamiento.
Significa que, antes de juzgar una conducta, puede ser necesario preguntarnos: ¿Qué función cumplió alguna vez?
Comprender el origen de una respuesta no significa justificarla. Significa conocerla suficientemente para poder transformarla.
Evasión emocional: cuando no sentir parece más seguro
El dolor emocional puede resultar tan intenso que la persona desarrolla mecanismos para mantenerse alejada de él.
El material Trauma, evasión y apego problemático describe estrategias como la negación, la disociación y la compensación. Estas respuestas pueden ofrecer un alivio momentáneo, pero cuando se convierten en la principal manera de afrontar las emociones pueden dificultar su procesamiento (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025b).
La evasión no siempre parece evasión. Puede aparecer como aislamiento, exceso de actividades, distracción constante, desconexión emocional o búsqueda permanente de algo que permita dejar de sentir aquello que resulta doloroso.
Incluso algunas formas de procrastinación pueden relacionarse con la evitación emocional. Una persona puede posponer algo no simplemente porque sea irresponsable o perezosa, sino porque esa actividad despierta miedo al fracaso, inseguridad, ansiedad o frustración (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025b).
Por eso, frente a algunas conductas, quizá sea necesario cambiar la pregunta.
En lugar de: “¿Por qué no haces lo que tienes que hacer?”
podríamos explorar: “¿Qué sientes cuando tienes que hacerlo?”
o incluso: “¿Qué emoción estás tratando de evitar?”
Apego: también aprendemos cómo relacionarnos
Nuestras primeras relaciones constituyen uno de los principales espacios de aprendizaje emocional.
La teoría del apego plantea que los vínculos establecidos con las figuras de cuidado durante la infancia influyen en el desarrollo emocional, social y cognitivo. A través de esas primeras experiencias, el niño va construyendo expectativas acerca de la seguridad, la confianza, la cercanía y la disponibilidad de los demás (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025b).
Cuando los cuidadores responden de manera consistente y sensible, se favorece el desarrollo de un apego seguro.
Pero cuando existen experiencias de abandono, negligencia, rechazo, inconsistencia o situaciones traumáticas, pueden desarrollarse patrones problemáticos de apego.
Se distingue estilos de apego seguro, ansioso, evitativo y desorganizado (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025b).
Estos aprendizajes pueden acompañarnos hasta la vida adulta.
Algunas personas pueden necesitar constantemente la confirmación de que no serán abandonadas.
Otras desean profundamente sentirse queridas, pero cuando alguien se acerca demasiado se alejan.
Algunas tienen dificultades para confiar.
Otras pueden confundir control con protección o dependencia con amor.
Detrás de estas formas de relacionarnos existe una pregunta importante: ¿Qué aprendimos acerca del amor y de la seguridad en nuestras primeras relaciones?
¿Y si sobrevivir también produce aprendizajes?
Aquí aparece una aportación especialmente interesante: las Pedagogías del Trauma.
Boris González Ceja propone pensar la relación entre trauma, conocimiento y educación, planteando la pregunta sobre cómo el trauma llega a aprenderse y qué papel tienen las experiencias adversas en los procesos cognitivos y educativos (González, 2026).
Esta perspectiva permite ampliar la mirada. La educación no ocurre solamente dentro de una escuela.
También aprendemos en casa.
Aprendemos observando a nuestros padres.
Aprendemos en nuestras relaciones.
Aprendemos con nuestros amigos.
Aprendemos en la calle y dentro de nuestra comunidad.
Las condiciones sociales también forman parte de esos contextos. González Ceja incorpora en su análisis factores como violencia intrafamiliar, pobreza y marginación, presencia de drogas y alcohol, delincuencia, precariedad de la autoridad, impunidad y baja cohesión social (González, 2026).
Desde esta perspectiva podemos formular una pregunta diferente: ¿Qué aprende una persona cuando crece dentro de un ambiente adverso?
Puede aprender que debe mantenerse alerta.
Puede aprender que pedir ayuda no sirve.
Puede aprender que mostrar vulnerabilidad es peligroso.
Puede aprender que necesita defenderse antes de ser atacada.
Puede aprender determinadas maneras de resolver conflictos porque son las que observa repetidamente en su entorno.
Esto no significa que toda persona que vive una experiencia adversa desarrollará un trauma. González Ceja hace una distinción importante: una experiencia adversa no necesariamente se convierte en una experiencia traumática (González, 2026).
Por eso debemos evitar una visión determinista. La historia influye, pero no escribe de manera irreversible el futuro.
De “¿qué te pasa?” a “¿qué te pasó?”
Cuando observamos únicamente la conducta presente podemos quedarnos con etiquetas:
“Es agresivo”.
“Es desconfiada”.
“No se compromete”.
“Siempre evita”.
“Es dependiente”.
“No sabe poner límites”.
“Quiere controlar todo”.
Una mirada informada por el trauma intenta ir más allá de la conducta. No elimina la responsabilidad personal, pero introduce la historia.
Entonces la pregunta cambia: ¿Qué te pasó?
Y todavía podemos avanzar un poco más:
¿Qué aprendiste de aquello que te pasó?
¿Cómo aprendiste a protegerte?
¿Qué haces para evitar volver a sentir aquel dolor?
¿Cómo influyó todo esto en tu manera de relacionarte?
Estas preguntas no buscan justificar las conductas actuales, sino comprender los procesos que pudieron participar en su construcción.
El gran reto: aprender que hoy existen otras posibilidades
Quizá uno de los aspectos más esperanzadores de integrar estas perspectivas sea reconocer que una respuesta aprendida no necesariamente tiene que permanecer igual durante toda la vida.
Aquello que alguna vez fue necesario para sobrevivir puede dejar de serlo.
La persona puede aprender nuevas maneras de identificar y regular sus emociones, establecer límites, pedir ayuda, confiar gradualmente y construir relaciones más seguras.
El abordaje del trauma complejo señala la importancia de desarrollar primero seguridad y estabilización emocional. Recursos como la respiración, el grounding, la conciencia corporal y otras estrategias de regulación pueden ayudar a disminuir la activación y recuperar conexión con el presente (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025a).
El trabajo sobre evasión y apego también destaca herramientas como mindfulness, autocuidado, comunicación asertiva, establecimiento de límites, construcción de vínculos seguros y desarrollo de resiliencia (Instituto Nacional de Neuroeducación, 2025b).
Entonces aparece otra posibilidad: Si algunas formas de responder fueron aprendidas en contextos adversos, también podemos desarrollar nuevos aprendizajes en contextos seguros.
Aprender que puedo sentir sin escapar.
Aprender que puedo decir no, sin abandonar al otro.
Aprender que puedo pedir ayuda sin sentirme débil.
Aprender que un conflicto no necesariamente significa abandono.
Aprender que poner límites no significa dejar de querer.
Aprender que confiar no significa dejar de protegerme.
Y, sobre todo, aprender que aquello que alguna vez necesité para sobrevivir no tiene que convertirse en la única manera que conozco de vivir.
Comprender no es justificar
Hablar de trauma requiere evitar dos extremos.
El primero es juzgar una conducta sin conocer la historia que existe detrás de ella.
El segundo es explicar cualquier comportamiento a partir del trauma y eliminar la responsabilidad de la persona.
Ninguno de los dos ayuda.
Comprender el origen de una conducta no significa justificar sus consecuencias.
Una persona puede reconocer: “Aprendí a reaccionar así porque necesitaba protegerme”.
Y al mismo tiempo asumir: “Hoy esta forma de reaccionar me hace daño y también puede lastimar a otras personas. Necesito aprender una manera diferente”.
Ahí puede comenzar un proceso de transformación.
Una pregunta final: ¿qué necesitas aprender ahora?
Tal vez sanar no signifique olvidar lo ocurrido. Tampoco significa negar las estrategias que alguna vez nos permitieron continuar.
Puede significar comprenderlas, agradecer incluso la función protectora que tuvieron en determinado momento y reconocer cuándo dejaron de ayudarnos.
Por eso, quizá las preguntas más importantes no sean únicamente: ¿Qué te pasó?
sino también:
¿Qué aprendiste para sobrevivir a lo que te pasó?
¿Qué sigues haciendo hoy para protegerte de algo que quizá ya terminó?
¿Qué relaciones, emociones o situaciones continúas evitando?
¿Qué aprendiste sobre el amor, la confianza y la seguridad?
¿Qué necesitas desaprender?
Y finalmente:
¿Qué necesitas aprender ahora para comenzar a vivir, y no solamente para sobrevivir?
La historia importa. El contexto importa. Las experiencias adversas importan.
Pero también importa la posibilidad de construir nuevas experiencias.
Porque si parte de nuestra manera de protegernos fue construida a través de experiencias y relaciones, las experiencias reparadoras, los vínculos seguros, la regulación emocional, la educación y el acompañamiento terapéutico también pueden abrir caminos diferentes.
No podemos cambiar lo que ocurrió. Pero sí podemos trabajar con aquello que aprendimos a partir de lo ocurrido.
Y quizá ahí se encuentre una de las posibilidades más importantes de la recuperación: transformar estrategias de supervivencia en nuevas formas de vivir.
Fuentes consultadas
González Ceja, B. (2026). Pedagogías del trauma. Revista Epistemología Ciencia Educativa. Consultar Pedagogías del trauma
Instituto Nacional de Neuroeducación. (2025a). Trauma complejo. Departamento de Investigación en Psicología Clínica.
Instituto Nacional de Neuroeducación. (2025b). Trauma, evasión y apego problemático. Departamento de Investigación en Psicología Clínica.
Nota para publicación: Este artículo tiene fines informativos y psicoeducativos. La presencia de experiencias adversas no implica necesariamente la existencia de trauma, y la información presentada no sustituye una evaluación o intervención profesional en salud mental.
